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Cómo aprobé las oposiciones de Infantil siendo madre



Durante mucho tiempo pensé que no llegaba porque tenía hijos. Pensaba que otras personas partían con ventaja porque podían estudiar más horas, encerrarse una tarde entera con los apuntes o dedicar un fin de semana completo a repasar sin interrupciones. Yo, en cambio, estudiaba entre comidas, lavadoras, noches malas, deberes, rabietas, citas médicas, cansancio acumulado y esa sensación constante de estar haciendo algo a medias.


Había días en los que me sentaba delante del temario y ya estaba agotada antes de empezar. No porque no tuviera ganas de sacar mi plaza, sino porque mi cabeza venía llena de mil cosas. Mientras intentaba memorizar un tema, pensaba en la cena. Mientras repasaba un supuesto, escuchaba a mis hijos llamarme desde otra habitación. Mientras intentaba avanzar con la programación, me sentía culpable por no estar con ellos.


Y durante bastante tiempo creí que ese era mi gran problema: no tener tiempo.


Pero con el paso de los meses entendí algo que me cambió por completo la forma de preparar la oposición: mi problema no era solo la falta de tiempo. Mi problema era que no estaba priorizando bien.


Yo intentaba estudiar como si tuviera una vida que no tenía. Me hacía planes imposibles, llenaba la semana de tareas, quería tocar todos los temas, todos los supuestos, toda la programación y toda la defensa oral al mismo tiempo. Sobre el papel parecía una planificación perfecta. En la vida real, era una fuente constante de frustración.


Cuando tienes hijos, no puedes estudiar como si no los tuvieras. No puedes copiar la rutina de otra persona. No puedes medir tu preparación por tardes perfectas, porque quizá tus tardes no son perfectas. Pero sí puedes avanzar si aprendes a decidir qué es realmente importante cada semana.


Y ahí empezó mi cambio.


Dejé de preguntarme: “¿Cuántas horas puedo estudiar hoy?” y empecé a preguntarme: “¿Qué necesito dominar esta semana para llegar mejor al examen?”


Esa pregunta parece sencilla, pero a mí me ordenó la cabeza.


Porque una hora bien aprovechada puede valer más que una tarde entera dando vueltas al mismo tema. Un tema trabajado con intención vale más que cinco leídos por encima. Un supuesto corregido con calma vale más que tres hechos deprisa. Una programación entendida y defendible vale más que una programación llena de frases bonitas que luego no sabes explicar ante el tribunal.


Preparar oposiciones de Educación Infantil con hijos no significa estudiar menos en serio. Significa estudiar con más estrategia. Significa saber qué temas tienes flojos, qué temas puedes reforzar, qué contenidos son imprescindibles y qué partes de tu preparación te acercan de verdad a la plaza.


Durante mi preparación aprendí que no podía permitirme estudiar sin dirección. Si tenía una hora, esa hora tenía que tener un objetivo claro. No podía sentarme simplemente a “estudiar”. Tenía que saber si iba a memorizar la estructura de un tema, redactar una introducción, resolver un supuesto, revisar un apartado de la programación o ensayar la defensa oral.


Ese cambio me dio mucha paz. No porque la oposición se volviera fácil, sino porque empecé a sentir que cada pequeño avance tenía sentido.


También aprendí que no todos los días iban a ser iguales. Había días buenos, días malos y días en los que apenas podía avanzar. Antes, cuando tenía un mal día, sentía que todo se venía abajo. Después entendí que una oposición no se gana con una semana perfecta, sino con muchas semanas imperfectas sostenidas en el tiempo.


Con hijos, la constancia no siempre se ve bonita. A veces es estudiar veinte minutos mientras duermen. A veces es repasar un esquema en el coche. A veces es grabarte explicando una parte de la programación cuando la casa por fin está en silencio. A veces es cerrar los apuntes porque no puedes más y volver al día siguiente sin castigarte.


Lo importante no era hacerlo todo cada día. Lo importante era no perder el rumbo.


Mis prioridades empezaron a ser claras: temario, supuestos, programación y defensa oral. No podía tocarlo todo con la misma intensidad todos los días, pero sí podía asegurarme de que cada semana avanzaba en algo importante. Si una semana trabajaba un tema, también intentaba hacer al menos un supuesto. Si mejoraba una situación de aprendizaje, buscaba un momento para explicarla en voz alta. Si no podía estudiar mucho, al menos repasaba lo esencial.

Y entonces dejé de acumular tareas y empecé a construir preparación real.


Porque preparar una oposición no es tener los apuntes más bonitos. No es subrayar con cinco colores. No es rehacer mil veces el mismo esquema. No es guardar materiales que nunca usas. Preparar una oposición es llegar al examen sabiendo escribir, resolver, justificar y defender.


El tribunal no va a valorar cuántas horas has sufrido delante de los apuntes. Va a valorar si tu tema está bien estructurado, si tu supuesto tiene criterio docente, si tu programación es coherente y si tu defensa oral transmite seguridad. Por eso, cuando tienes poco tiempo, no puedes estudiar para sentirte ocupada. Tienes que estudiar para ser eficaz.


También tuve que aprender a soltar la culpa. Y esto, para una madre opositora, es muy importante. La culpa aparece por todas partes. Si estudias, sientes que no estás con tus hijos. Si estás con tus hijos, sientes que no estás estudiando. Si descansas, piensas que deberías estar repasando. Si avanzas poco, te comparas con quien parece llegar a todo.


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Pero la culpa no aprueba oposiciones. La estrategia sí ayuda.


Por eso empecé a hablarme de otra manera. En lugar de decirme “no llego”, me preguntaba “qué sí puedo hacer hoy”. En lugar de decirme “voy atrasada”, revisaba qué prioridad necesitaba atender. En lugar de castigarme por no estudiar cinco horas, intentaba que la hora que tenía fuera útil de verdad.


Y poco a poco, empecé a notar el cambio.


No fue un cambio espectacular de un día para otro. Fue una suma de decisiones pequeñas. Elegir un tema y trabajarlo bien. Corregir un supuesto aunque diera pereza. Ensayar la defensa oral aunque me sintiera ridícula al principio. Revisar mi programación no para decorarla, sino para poder explicarla con seguridad. Dejar de estudiar desde el miedo y empezar a estudiar desde una estrategia.


Con hijos se puede. Pero no desde la improvisación constante. No desde planes imposibles. No desde la comparación. No desde la culpa. Se puede desde una planificación realista, desde prioridades claras y desde una preparación adaptada a la vida que tienes.


Porque tener hijos no te hace menos capaz. A veces, incluso te da una mirada muy valiosa para Educación Infantil. Te enseña paciencia, organización, flexibilidad, escucha, resistencia y capacidad para entender los ritmos reales de la infancia. Pero esa experiencia personal tiene que transformarse en preparación profesional. No basta con vivir la infancia en casa; hay que saber explicarla pedagógicamente ante un tribunal.


Por eso, si estás preparando oposiciones de Educación Infantil y sientes que no llegas, quiero decirte algo con honestidad: quizá no necesitas exigirte más. Quizá necesitas priorizar mejor.

Mira tus temas y pregúntate cuáles necesitas dominar de verdad. Mira tus supuestos y pregúntate si los estás resolviendo o solo leyendo. Mira tu programación y pregúntate si sabrías defenderla sin leer. Mira tu semana y pregúntate qué tareas te acercan a la plaza y cuáles solo te hacen sentir ocupada.


No necesitas estudiar más que todo el mundo. Necesitas estudiar mejor. Necesitas saber qué dejar para después, qué repetir, qué resumir y qué defenderías ante un tribunal con seguridad.


Yo también pensé que no podía. Yo también tuve días de llorar, de sentir que iba tarde, de creer que otras personas lo tenían más fácil. Pero aprendí que mi camino no tenía que parecerse al de nadie. Tenía que ser posible para mí.


Y lo fue.


No era falta de tiempo. Era falta de priorizar temas.

Con hijos se puede. Yo lo hice.


 
 
 

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